¿Por qué el agua que se congela puede rajar una roca?
Imagina un paseo de invierno junto a unas grandes rocas grises. Pasas los dedos por una y notas una grieta fina que le cruza el costado. Justo al lado, hay un trozo de roca roto en el suelo.
Una roca es dura y fuerte, y el agua es blanda y salpica. Entonces, ¿cómo puede el agua, simple agua, romper algo tan duro como la piedra? ¿Por qué el agua que se congela puede rajar una roca?
Las rocas del campo están llenas de grietas finas, algunas tan finas como un pelo. Cuando llueve, el agua se cuela gota a gota en esas grietas. El agua se mete por cualquier hueco que encuentra, así que las grietas se llenan.
Luego llega la noche, y el aire se pone tan frío como un congelador. El agua escondida en la grieta se enfría tanto que se convierte en hielo. ¿Qué crees que le pasa al agua cuando se vuelve hielo: se encoge o se hace más grande?
¡Se hace más grande! El agua se expande al congelarse, es decir, aumenta de tamaño y ocupa más sitio. Sus trocitos diminutos se colocan en un dibujo ordenado con pequeños huecos entre ellos, así que el hielo necesita más espacio que el agua.
El agua de arriba de la grieta se congela primero, como una tapa, así que el hielo de abajo no tiene por dónde salir. Al expandirse, aprieta con fuerza las dos paredes de roca desde dentro. Ese empujón abre la grieta un poquito más.
Por la mañana, el sol calienta la roca, y el hielo se derrite y vuelve a ser agua. Como ahora la grieta es más ancha, el agua se cuela más hondo que antes.
Cuando llega la siguiente noche fría, el agua se congela otra vez. Cada vez que se congela, el hielo también atrae más agua de los huequecitos de la roca que lo rodea, así que sigue creciendo y abre la grieta todavía más. Los científicos lo llaman gelifracción: el hielo empuja una grieta para abrirla una y otra vez, como una cuña metida a presión en una rendija.
Noche tras noche e invierno tras invierno, la gelifracción sigue trabajando. Al final, la grieta atraviesa la roca de lado a lado, y un trozo se suelta y cae rodando. Por eso encuentras trozos rotos en los caminos de piedra y al pie de los acantilados de las montañas.
El agua de lluvia se cuela en una grieta fina de una roca y, cuando se congela en una noche fría, el agua se expande y el hielo empuja la grieta para abrirla más. Noche tras noche, esta gelifracción abre la grieta un poco más, hasta que un trozo de roca se rompe y se suelta.
Arriba, en la ladera fría, la gran roca gris descansa tranquila bajo las estrellas, con una fina línea de hielo guardada en el fondo de su grieta. Abajo, el trozo roto reposa en el suelo, justo donde el hielo lo empujó hasta soltarlo.









