

Quibo y los tesoros de la orilla
Un cangrejito muy pequeño guarda tres tesoros entre las rocas. Esta noche la ola llega más alto de lo normal… y Quibo descubre que la valentía también puede ser chiquitita.
- 1Los tesoros entre las rocas2:58
- 2La ola grande3:07
- 3El tesoro que trajo la ola3:24
La tarde se apagaba despacio sobre la orilla. El agua dejaba encajes de espuma en la arena… y luego se los llevaba otra vez. Entre dos rocas grises vivía un cangrejito muy pequeño. Se llamaba Quibo. Caminaba de lado, siempre de lado, con sus paticas finas haciendo un ruidito de lluvia diminuta sobre la piedra mojada.
Quibo tenía tesoros. No eran grandes, ni brillaban como el sol. Eran tres. Un caracolito blanco, con la punta enroscada igual que una escalera pequeñita. Un cristalito de vidrio verde, pulido por el mar hasta quedar suave como una uva. Y una plumita gris que el agua trajo una mañana… y que olía un poquito a viento.
Cada tarde, antes de que la luz se fuera del todo, Quibo los sacaba de su escondite. Los ponía en fila sobre una piedra plana. Primero el caracolito. Después el cristalito. Y al final la plumita, que siempre se movía un poco. Los miraba un rato largo, sin ninguna prisa. Así sabía que todo estaba en su sitio.
«Buenas noches, caracolito» — decía Quibo, muy bajito. «Buenas noches, cristalito verde… buenas noches, plumita». Y la plumita temblaba apenitas, como si le contestara. A Quibo eso le gustaba mucho. Le hacía cosquillas por dentro, en el lugar donde uno guarda las cosas queridas.
El cielo se puso color durazno, y después color ciruela. Salió una estrella pequeña, sola, encima del agua. La arena todavía guardaba el calorcito del día… y Quibo apoyó la barriguita en ella. Muy despacio, movió sus tesoros hacia la sombra de la roca. Ahí estaban seguros. Ahí siempre habían estado seguros.
Entonces el mar cambió de voz. No mucho. Solo un poquito más hondo, un poquito más largo. Como cuando alguien respira profundo antes de contar algo importante. Quibo levantó sus dos ojitos redondos… y escuchó. Las olas llegaban más arriba que otras noches. Ya casi tocaban la piedra plana.
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