Duvi y los regalitos entre las hojas
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Duvi y los regalitos entre las hojas
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Capítulos
  • 1La casa bajo la raíz3:02
  • 2Una piedrita, una gota y una plumita3:22
  • 3El regalito de Duvi3:29
Texto sincronizado

Texto del cuento

La casa bajo la raíz
Duvi y los regalitos entre las hojas

Cuando el sol se escondía detrás del bosque, una raíz gorda y torcida empezaba a brillar por dentro. Allí abajo, en una casita del tamaño de una taza, vivía Duvi. Un duende pequeñito. Tan pequeñito que podía dormir dentro de su propio gorro. Se estiró… bostezó despacito… y se puso las botas de fieltro.

El gorro de Duvi era puntiagudo, rojo y un poquito torcido en la punta. Se le caía sobre los ojos cada vez que se agachaba. Y Duvi se agachaba mucho — porque las cosas más bonitas del bosque siempre están abajo. Entre el musgo. Debajo de una piedra. En el hueco tibio de una hoja doblada.

Duvi tenía una costumbre secreta. Muy secreta. Tan secreta que ni las estrellas la sabían del todo. Cada noche llenaba sus bolsillos de cositas… y las escondía entre las hojas del camino. Para quien pasara por allí. Sin decir nada. Sin dejar su nombre. Nadie lo veía nunca. Pero todos, todos, encontraban algo.

«Hoy toca piedrita», dijo Duvi, mirando dentro de su bolsillo derecho. «Y gota. Y pluma. Tres cositas, tres amigos». Contó con los dedos, uno, dos, tres, y se rió sin hacer ruido, con la mano tapándose la boca, para que el bosque no lo oyera. «Chsss, Duvi… que si me oyen, ya no es sorpresa».

La primera cosita era una piedrita gris. Chiquitita, redonda, del tamaño de una lenteja. Duvi la frotó contra su manga… y la piedrita se encendió con un brillo suave, como una lucecita dormida. Brillaba solo un poquito. Lo justo para alegrar a alguien que camina de noche.

La segunda era una gota de rocío. Redondita y temblorosa, sentada en la punta de una hoja. Duvi la tomó con muchísimo cuidado, con las dos manos, como se toma algo que puede romperse de mirarlo. La tercera era una plumita blanca. Blanda. Tan blanda que casi no pesaba en el bolsillo.

Duvi empujó la puertecita de su casa y salió a la noche. El aire estaba tibio. Olía a musgo mojado y a tierra dormida. Arriba, las hojas se movían despacio, como si respiraran. Se colocó bien el gorro, se guardó las manos en los bolsillos… y echó a andar por el sendero de hojas.

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