

Brio y la puerta entre las raíces
Una puertecita redonda entre las raíces que solo se abre con una palabra amable… y tres visitas mojadas en una noche de lluvia.
- 1La puerta que no tiene picaporte2:51
- 2El ratón que perdió el camino2:34
- 3La palabra que no sabía decirse3:22
Bajo el roble más viejo del bosque, donde las raíces se enredan como dedos dormidos, hay una puertecita redonda. Es del color de la miel oscura y no tiene picaporte… ni cerradura, ni timbre. Nadie sabe cómo se abre. Nadie, menos Brio. Y Brio nunca lo cuenta. Solo sonríe y limpia el polvo del escalón.
Esa noche empezó a llover. Primero fue un susurro entre las hojas, después un tamborileo pequeño sobre la tierra. Dentro, la casa de Brio olía a sopa de zanahoria y a pan tibio. Había mantas dobladas en un cesto, un fuego bajito y tres tazas esperando en la mesa. Brio siempre ponía tres tazas. Por si acaso.
Y entonces sonó. Toc… toc, toc. Tres golpecitos flojos, como si quien llamaba tuviera las manos muy cansadas. Brio dejó la cuchara sobre la mesa y acercó la oreja a la madera. La lluvia repicaba fuerte ahí fuera. Al otro lado se oía una respiración diminuta, temblorosa y muy mojada.
—¿Quién llama a mi puerta con esta lluvia? —preguntó Brio, sin levantar la voz—. Esta puerta no se abre con manos… ni con empujones, ni con prisa. Se abre con una palabra amable. Cualquiera vale, pequeño. Solo tiene que ser de verdad, dicha desde dentro del pecho.
Fuera, un escarabajo brillaba como una gota negra. Tenía las alas pegadas al cuerpo y las antenas caídas de tanta agua. Se quedó pensando un rato, mientras un hilillo frío le resbalaba por la espalda. Y luego lo dijo bajito, casi como un suspiro: —Por favor. Solo eso. Dos palabras pequeñas.
La puertecita hizo clic. Se abrió sola, despacito, y un rectángulo de luz dorada cayó sobre el barro brillante. —¡Pasa, pasa, que te enfrías! —rió Brio, y le tendió un paño suave que olía a lavanda. El escarabajo se secó las alas junto al fuego… y por fin dejó de temblar.
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