

Sila y el viento que se durmió
El viento no quiere acostarse, y Sila le canta tres vueltas: por el trigal, por el río y por los tejados.
- 1El viento no quiere acostarse3:01
- 2Una vuelta por el trigal y otra por el río3:05
- 3Los tejados y la copa del árbol3:01
La noche llegó despacio, como llega la nieve… sin ruido y sin ninguna prisa. Los campos se quedaron quietos bajo una manta de estrellas muy pequeñas. En las casas, una a una, las ventanas se fueron apagando. Solo allá arriba, entre las ramas más altas del viejo nogal, algo seguía moviéndose — y no tenía ni una pizca de ganas de dormir.
Era el viento. Sacudía las ramas hasta hacerlas crujir, empujaba los postigos de madera — pam, pam — y revolvía las hojas del suelo una y otra vez. Las juntaba en un montón redondito… y enseguida las volvía a esparcir. Un búho abrió un ojo. Un gato se metió debajo del banco. Y el viento seguía, sin cansarse nunca.
Entonces, entre dos nubes delgadas, apareció Sila. El hada del viento tenía las alas transparentes, como agua muy fina, y al moverlas no hacían ningún sonido. Bajó despacito hasta la rama más alta y se sentó allí, con los pies colgando en el aire. No dijo nada al principio. Solo escuchó… y esperó un poquito.
—No te voy a regañar —susurró Sila—. A mí también me pasa… cuando el día ha sido muy largo y el cuerpo no se acuerda de cómo se para. Ven, siéntate un momento aquí conmigo. Tus hojas no se van a escapar. Están ahí abajo, calentitas, esperando la mañana. Y la mañana llega siempre, aunque no la veamos venir.
El viento se acercó un poquito. Le levantó a Sila un mechón de pelo y se lo dejó caer otra vez, como hacen los niños cuando no saben qué decir. Sila sonrió por dentro. Sabía que el viento no era travieso… solo estaba lleno de un día entero: lleno de trigo, de río y de tejados todavía tibios.
—Te voy a cantar —dijo Sila—, lo mismo que les canto a los niños. Solo que más largo… mucho más largo. Daremos una vuelta por el trigal. Después otra por el río. Y la última, por los tejados del pueblo. Tres vueltas, ni una más. Y en la tercera ya no vas a querer moverte. ¿Vamos?
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