

Brio, Duvi y el trato de los favores
Un gnomo que ayuda de frente y un duende que ayuda a escondidas discuten toda una tarde… hasta que llega alguien que necesita las dos cosas.
- 1El gnomo que preguntaba2:58
- 2El duende que desaparecía2:49
- 3La tarde de la discusión2:36
- 4La erizo del bastón de avellano2:37
- 5El trato de los favores2:50
La tarde caía despacio sobre el bosque de Nogal Torcido, y la luz se volvía color miel entre las hojas. Allí, debajo de las raíces de un árbol viejísimo, vivía un gnomo llamado Brio. Tenía la barba corta, las botas siempre llenas de tierra… y una manera muy suya, muy suya, de ayudar a los demás.
Brio no adivinaba nunca. Cuando veía a alguien en apuros, se acercaba, se quitaba el gorro y preguntaba. Así de sencillo. Esa tarde encontró a un topo que arrastraba un saco de bellotas cuesta arriba, resoplando, con las patitas temblando del esfuerzo. Brio se agachó a su lado y esperó a que el topo levantara la vista del suelo.
—¿Qué te hace falta? —preguntó Brio—. Dímelo con palabras, que yo no sé leer pensamientos. Puedo empujar, puedo tirar, puedo cargar la mitad… o puedo sentarme aquí y hacerte compañía mientras descansas. Tú eliges, que el saco es tuyo y la cuesta también.
El topo lo pensó un momento. Luego señaló el lado izquierdo del saco, el que más pesaba. Brio agarró la cuerda, plantó las botas en la tierra y tiró. Subieron juntos, paso a paso, contando en voz alta hasta diez y volviendo a empezar. Arriba, el topo se rió y le dio las gracias tres veces seguidas.
Y eso, para Brio, era lo más importante de todo. No el saco. No la cuesta. Las gracias. Le gustaba ver la cara del otro cuando entendía que ya no estaba solo con su problema. Decía que la ayuda tenía que verse… igual que se ve una mano tendida en mitad de un charco.
—Si ayudas a escondidas —le contaba Brio a las lombrices de su huerto—, el otro se queda con el regalo… pero se queda sin saber que alguien lo quiere. Y saber que alguien te quiere abriga más que una bufanda. Yo prefiero que lo sepan. Prefiero que me miren a los ojos.
Las lombrices no opinaban gran cosa. Brio regó sus rabanitos, colgó la cuerda en su clavo y se sentó en el escalón de piedra a mirar cómo el cielo se ponía naranja. No lo sabía todavía… pero al otro lado del arroyo vivía alguien que ayudaba justo al revés.
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