

Faro y el sendero que se enciende
Una noche de niebla, el zorrito Faro descubre que cada lugar donde ayudó a alguien guarda una lucecita que lo lleva de vuelta a casa.
- 1La niebla que borró el bosque3:26
- 2La piedra que guardaba una luz3:14
- 3El charco de la rana3:09
- 4El tronco del amigo lento3:14
- 5La última luz3:11
Cuando el sol se escondía detrás de los abetos, el bosque entero cambiaba de color. Los troncos se volvían azules. La hierba guardaba todavía el último calor del día. Y por el sendero angosto bajaba Faro, un zorrito de pelaje cálido y cola esponjosa, con las orejas alerta y las patas llenas de polvo tibio.
Faro conocía ese sendero de memoria. Sabía dónde la raíz se levantaba como un lomo dormido, y dónde el musgo hacía la pisada blanda y callada. Nunca se perdía… nunca. Al final del camino lo esperaba una puerta redonda, un poco torcida, con luz tibia colándose por la rendija de abajo.
Pero esa tarde el aire cambió. Primero fue un hilo blanco entre los helechos. Después, un algodón lento que subía del arroyo, despacito, sin ninguna prisa. La niebla llegó sin ruido — como llega el sueño — y se sentó encima del bosque entero. Faro dio tres pasos… y ya no vio sus propias patas delanteras.
Los abetos se borraron. El sendero se borró. Hasta el olor del camino, ese olor a tierra mojada y a piñas viejas, se quedó atrapado dentro del algodón blanco. Faro giró una vez. Giró otra. Cada dirección era la misma dirección: blanca, quieta, sin bordes. Y el corazón le latió en las orejas.
—Bueno… —susurró Faro, y su voz sonó pequeñita dentro de la niebla—. Yo siempre encuentro el camino. Siempre. Solo que hoy… hoy el camino se ha escondido primero. No pasa nada. Voy a esperar aquí sentado. A veces el bosque necesita un momentito para acordarse de mí.
Se sentó sobre las patas traseras y cerró los ojos. Escuchó. Una gota resbaló de una hoja y cayó encima de otra hoja, plic. Muy lejos, un búho probó su voz y se calló enseguida. Faro respiró hondo, y el aire frío le hizo cosquillas dentro del hocico. Entonces notó algo raro detrás de los párpados.
Abrió los ojos muy despacio. Allí, a la izquierda, muy abajo, entre la niebla… había una lucecita. Pequeña como una miga de pan. Tibia como el pan mismo, recién sacado del horno. No parpadeaba, no se movía: simplemente estaba, esperando. Faro ladeó la cabeza. El bosque acababa de encender algo para él.
Historias similares
Cuentos similares
Cuentos tranquilos con la misma atmósfera — sobre amistad, la oscuridad y las suaves voces del bosque nocturno.



Comentarios
Comentarios
Inicia sesión para dejar una reseña
Solo los usuarios registrados pueden escribir comentarios — así mantenemos aquí un ambiente cálido y seguro.