Cervo y los claros del bosque
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Cervo y los claros del bosque
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Capítulos
  • 1El pajarito que perdió el rumbo2:45
  • 2Las señales del camino2:49
  • 3El nido y la última lección2:47
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Texto del cuento

El pajarito que perdió el rumbo
Cervo y los claros del bosque

La mañana entró en el bosque de puntillas, como entra un secreto. Cervo abrió los ojos entre los helechos y estiró una pata larga… luego la otra. El sol le pintaba rayitas doradas en el lomo. Olía a tierra mojada y a hojas nuevas. Hoy era un buen día para caminar despacio y mirarlo todo con calma.

Entonces lo oyó. Un pío chiquitito, tan fino que casi se perdía entre el zumbido de los moscardones. Cervo levantó las orejas y giró la cabeza. El sonido venía de una piedra gris, junto a un charco. Dio dos pasos. Se detuvo. —Piip… piip— repitió la vocecita, temblando un poquito al final.

Sobre la piedra había un pajarito del tamaño de una nuez. Tenía las plumas revueltas y una manchita blanca en el pecho, como una gota de leche. Miraba a un lado y al otro, y a ningún lado le encontraba sentido. Se había caído del viento… y el viento no le había dicho por dónde volver a casa.

«Hola, cosita», dijo Cervo, bajando el cuello muy despacio para no asustarlo. «¿Y tú de dónde vienes?». El pajarito abrió el pico y lo cerró otra vez. «No lo sé», susurró. «Mi nido estaba… estaba arriba. Y ahora todo está abajo, y todo se parece a todo».

Cervo no le dijo que no llorara. Le dijo otra cosa. «Yo conozco todos los claros donde entra la luz», contó, «y los claros son como ventanas: cada una mira a un sitio distinto». Movió la cabeza, y sus astas pequeñas dibujaron una ramita doble contra el cielo. «Súbete. Vamos a buscar tu ventana».

El pajarito dio un saltito corto… y luego otro más largo. Se agarró a un asta con sus deditos fríos y notó que aquello era firme y tibio, como una rama que respiraba. Desde allí arriba el bosque ya no parecía tan enorme. Cervo esperó a que se acomodara bien. Y después, sin ninguna prisa, echó a andar.

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