

Bali, Talo y la canción del fondo
La ballena Bali canta cada noche para dormir al océano… hasta que descubre que su canción siempre tuvo una segunda parte, muy pequeñita, hecha de arena.
- 1La canción más honda del océano3:13
- 2Más bajito, y más bajito2:59
- 3La canción tenía dos partes3:15
En el fondo del mar, donde el agua se vuelve azul oscura y tibia, vivía una ballena llamada Bali. Era enorme… tan enorme que su sombra cubría un banco entero de pececitos plateados. Pero su corazón era todavía más grande. Y cada noche, cuando la luz de arriba se apagaba muy despacio, Bali abría la boca y empezaba a cantar.
Su canción no era rápida ni alta. Bajaba, bajaba, como una piedra blanda que se hunde sin ninguna prisa. Primero la sentían las algas: se mecían. Luego las conchas, que temblaban un poquito dentro de la arena. Y al final llegaba a los pececitos, que dejaban de nadar en círculos y se quedaban muy quietos… con los ojos pesados.
Abajo, sobre la arena, entre dos rocas cubiertas de musgo de mar, descansaba Talo — una estrella de mar de puntas suaves y color naranja tibio. Talo escuchaba cada noche. Escuchaba con las cinco puntas bien abiertas, como si cada una fuera una orejita pequeña. Y cada noche pensaba exactamente lo mismo, sin decírselo a nadie.
«Yo también querría cantar», pensaba Talo, muy bajito, allí donde nadie podía oírla. «Bali llena el océano entero con su voz. Y yo… yo no tengo ni una nota.» «Solo puedo mover mis cinco puntas. Muy despacio. Un poquito hacia aquí… un poquito hacia allá. Y eso no le sirve a nadie.»
Y eso hacía Talo, noche tras noche. Estiraba una punta sobre la arena. Luego otra. Sentía los granitos fríos deslizarse por debajo, redondos y menudos como semillas diminutas. Nadie la miraba. Nadie aplaudía. Pero a Talo le gustaba acompañar así la canción — aunque fuera en secreto, aunque no sonara absolutamente nada.
Arriba, muy arriba, la luna dibujaba una raya blanca sobre el agua. La raya bajaba temblando hasta el fondo y tocaba, al final del todo, las puntas de Talo. Bali cantaba. Las algas se mecían. Los pececitos dormían apiñados en un hueco de coral, como migas tibias dentro de un bolsillo. Y la noche seguía, tranquila, muy tranquila.
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