Pulo, Delo y el mapa de las corrientes
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Pulo, Delo y el mapa de las corrientes
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Capítulos
  • 1El rincón tibio de Pulo3:46
  • 2Lo que sabe cada uno4:18
  • 3El mapa de ocho brazos3:57
  • 4La mitad de Pulo3:49
  • 5La mitad de Delo4:03
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Texto del cuento

El rincón tibio de Pulo
Pulo, Delo y el mapa de las corrientes

En el arrecife había un rincón donde el agua siempre estaba tibia. Allí vivía Pulo, un pulpo de ocho brazos suaves, del color de la arena mojada. Conocía cada corriente como quien conoce el camino a su propia casa. La que subía por la roca amarilla… la que giraba despacio entre los corales rosados. Las sentía en la piel antes de verlas.

Cada mañana Pulo hacía exactamente lo mismo. Estiraba un brazo, después otro, y esperaba muy quieto. Si el agua le empujaba la punta hacia arriba, era la corriente de las burbujas. Si le hacía cosquillas por debajo — era la corriente de la arena. Ocho brazos, ocho maneras distintas de escuchar el mar. Y ninguna se equivocaba jamás.

Pero al final del arrecife había una roca larga y gris. Pulo la llamaba «hasta aquí». Más allá, el agua se ponía de un azul hondo, sin corales, sin escondites, sin nada a lo que agarrarse con un brazo. Y a Pulo se le encogían los ocho brazos de golpe, como se encogen los dedos de los pies cuando el suelo está frío.

—Aquí estoy bien —se decía Pulo, abrazando un coral morado con dos brazos a la vez—. Aquí conozco todo. Sé dónde se esconde el cangrejo gruñón y por dónde entra el sol a media mañana. Allá afuera… allá afuera no hay corales para agarrarse. Y se enroscaba un poquito más, hasta parecer un nudo tibio color arena.

Aquella mañana, sin embargo, el agua traía otra cosa. Un temblor raro. No era la corriente de las burbujas, ni la de la arena, ni ninguna de las que Pulo tenía guardadas en la memoria. Era un ¡chof! grande, allá arriba. Y luego otro. Y otro más cerca. Pulo levantó dos brazos y se quedó escuchando con toda la piel.

Entre los corales apareció una sombra plateada, larguísima, que giró una vez, giró otra vez… y se dio de morros contra una esponja naranja. ¡Plom! La esponja soltó una nubecita de polvo dorado. La sombra retrocedió, muy digna, y volvió a girar hacia el mismo sitio. Y se dio otra vez. Plom.

Era un delfín. Un delfín entero, con su sonrisa puesta y su aleta brillante, dando vueltas en un pasillo de coral del tamaño de una bañera. Pulo lo miró desde su escondite, con un solo ojo asomando. Nunca había visto a nadie perderse en un sitio tan pequeño… y tan bien conocido para él.

—¡Hola! —dijo el delfín, sin dejar de girar—. Me llamo Delo. Estoy… bueno. Estoy dando una vuelta. Una vuelta larga. Muy larga, la verdad. Llevo aquí desde que salió el sol y este arrecife tuyo tiene más pasillos que un pulpo brazos. ¿Tú sabes por dónde se sale?

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