

La orquesta nocturna del bosque viejo
Una vez al año el bosque viejo toca su Orquesta Nocturna, y esta vez hay una oyente nueva y pequeñita que aún no sabe cuál es su sonido.
- 1Cuando el bosque afina3:40
- 2Los grillos marcan el ritmo3:21
- 3El arroyo trae la melodía3:04
- 4La nota más honda3:26
- 5El sonido que faltaba3:27
- 6La lluvia sobre el techo de hojas3:19
- 7La canción final3:37
En el bosque viejo, la tarde se apagaba despacio… como una vela que nadie quiere soplar. Las últimas luces se colaban entre los troncos y pintaban rayas doradas sobre el musgo. Olía a tierra tibia, a hojas mojadas, a resina de pino. Y una vez al año, justo en esta noche, el bosque entero se preparaba para cantar.
Arriba del todo, en la rama más ancha del roble, esperaba Nox. Era un búho de plumas suaves y ojos serenos, y llevaba todo el día sin dormir. Giró la cabeza — despacio, muy despacio — y miró el cielo. La primera estrella acababa de encenderse. Entonces supo que ya faltaba muy poco.
Abajo, el bosque se movía como una casa antes de una fiesta. Las ardillas barrían las agujas de pino del claro con la cola. Dos topos colocaban piedrecitas para marcar el sitio del público. Y las luciérnagas, todavía tímidas, probaban su luz: encender, apagar… encender otra vez.
—Esta noche —dijo Nox, y su voz sonó como una manta que se dobla— no toca correr. Esta noche toca escuchar. Cada criatura del bosque lleva un sonido guardado dentro. Pequeño o grande, da igual. Solo hay que darle sitio… y tiempo… para que salga y encuentre a los demás.
Los animales fueron llegando sin prisa. Un erizo se sentó sobre una hoja seca y se acomodó las púas. Tres ranas se apretaron en el borde de una piedra plana. Hasta el viejo ciervo apareció entre los helechos y bajó la cabeza, muy educado, para no taparle la vista a nadie.
Nox estiró un ala y todos se callaron a la vez. Fue un silencio tan redondo que se oyó caer una bellota, lejos, entre las raíces. El búho cerró los ojos un instante. Estaba contando algo por dentro: uno… dos… tres… como se cuenta siempre antes de empezar.
—Bienvenidos a la Orquesta Nocturna del bosque viejo —susurró—. Tocaremos despacio, hasta que la luna se ponga blanda y a todos se nos cierren los ojos. Y empezaremos por el ritmo. Porque sin ritmo la música se pierde por el camino… y ninguna canción sabe volver a casa sola.
Muy cerca del suelo, escondida detrás de un helecho, había alguien que nadie había visto todavía. Era pequeñita, amarilla, y estaba sola. Movía las patitas sin hacer ruido, porque no sabía si podía quedarse. Se llamaba Lira, y se había perdido esa misma tarde.
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