

Espi, Bruno y el túnel del final
Un erizo tímido y un tejón tranquilo recorren, un paso por noche, el túnel donde vive una sombra que respira.
- 1La escoba y la puerta abierta3:17
- 2La primera noche: olor a hoja seca3:16
- 3La segunda noche: el ruido del viento3:14
- 4La tercera noche: la curva del final3:20
- 5La salida llena de estrellas3:17
La tarde se apagaba despacio sobre la colina. Bruno el tejón barría la entrada de su madriguera con una escoba de ramitas, como cada noche antes de dormir. La tierra olía a raíz, a musgo y a lluvia de ayer. Dentro, una lamparita de luciérnagas parpadeaba sobre la mesa… esperando, paciente, a que llegara alguien.
—Hola, Bruno… —dijo una voz pequeña junto a la puerta. Era Espi, el erizo, con las púas llenas de briznas de hierba seca. —Te traigo la taza que me prestaste. Y también… una pregunta. Llevo pensándola desde el martes, y se me ha hecho un poquito grande aquí dentro del pecho.
Bruno sonrió y apoyó la escoba en la pared. Sirvió leche tibia en dos tazas de barro y puso encima de las rodillas de Espi una manta doblada, para que nadie pasara frío. Se sentaron muy cerca del fuego pequeño. El humo subía en hilos finos… y afuera, el bosque se iba poniendo azul oscuro.
Al fondo de la madriguera de Bruno había un pasillo. Y al fondo del pasillo, un túnel. Un túnel largo, de tierra fría, que se estrechaba y giraba y seguía… y seguía. Nadie del bosque lo había recorrido entero. Porque todos decían lo mismo, en voz muy bajita: que allí dentro vivía una sombra que respiraba.
—Yo la he oído —admitió Bruno, girando la taza entre las manos—. Algunas noches, cuando todo calla… hace así. —Y sopló despacito sobre la leche, fffff, como un fuelle viejo. —Nunca he pasado de la tercera curva, Espi. Me doy la vuelta. Siempre, siempre me doy la vuelta.
Espi se enroscó un poquito, como hacía siempre que algo le daba miedo. Las púas le temblaron una vez, dos… y después se quedaron quietas. Entonces dijo su pregunta, la que traía guardada desde el martes: ¿y si vamos juntos? Pero despacito. Un solo paso por noche. Nada más que uno.
Bruno se quedó callado un rato largo. Afuera, el viento pasó por las hojas y las hizo sonar como papel. Después dijo que sí con la cabeza, muy despacio, igual que se dicen las cosas importantes. Un paso por noche. Y luego a casa, a dormir. Aquella noche los dos soñaron con tierra tibia.
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