Fena y el miedo que quería quedarse
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Fena y el miedo que quería quedarse
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Capítulos
  • 1La sombra del muro viejo2:57
  • 2Lo que una sombra sabe hacer2:59
  • 3El rincón más buscado del jardín2:27
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Texto del cuento

La sombra del muro viejo
Fena y el miedo que quería quedarse

Cuando la última ventana del pueblo se apagaba, el jardín cambiaba de color. Todo se volvía azul, y muy quieto. Los caracoles dibujaban caminos brillantes sobre las piedras tibias… y las hojas guardaban silencio, como si estuvieran escuchando algo. Solo en el rincón de atrás, junto al muro viejo, algo se movía sin que hubiera viento.

Era una sombra. No la sombra de un árbol, ni la de una regadera olvidada en la hierba. Era una sombra sola, del tamaño de un niño sentado, que vivía entre la hiedra y las piedras del muro. Cuando alguien pasaba cerca, se estiraba de golpe… y el que pasaba salía corriendo sin mirar atrás. Después, el rincón volvía a quedarse vacío.

—¡Que se vaya! —chillaron los grillos, todos a la vez, sin ponerse de acuerdo. —Nos roba el camino corto —susurraron las hormigas desde su fila. —Ya nadie quiere pasar por ahí —dijo el sapo viejo, y se hundió un poco más en el barro—. Llamad a Fena. Ella sabrá borrarla.

Fena llegó como llega la luz de una luciérnaga: despacio, y sin avisar a nadie. Es un hada pequeña, de luz tenue, que cuida los jardines mientras todos duermen. Escuchó las quejas. Miró el rincón oscuro… y no levantó la mano para borrar nada. Se quitó las sandalias. Y se sentó en la tierra fresca, muy cerca de la sombra.

—Hola —dijo Fena—. No vengo a espantarte. La sombra se encogió contra el muro, temblando como tiembla el agua dentro de un vaso. —Todos dicen que asustas —siguió el hada, sin moverse ni un poquito—. Pero nadie te ha preguntado nunca qué quieres tú. Y yo he venido a preguntártelo. ¿Qué quieres, sombra?

La sombra tardó mucho en contestar. Tanto, que la luna alcanzó a subir un buen trecho por encima del ciruelo. Y entonces habló, con una voz que sonaba a hoja seca rodando por el suelo: ella no quería asustar a nadie. Nunca lo había querido. Es que… no sabía hacer otra cosa. Nadie se lo había enseñado nunca.

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