
Selu, Liru y la canción de buenas noches
La luna Selu y la luciérnaga Liru envuelven a un conejito desvelado en luz de plata y oro, y le cantan suavemente hasta el más mágico de los sueños.
- 1La luna que mira el bosque3:39
- 2Liru, la luciérnaga dorada3:19
- 3El conejito que no podía dormir4:02
- 4Un halo de plata y oro3:52
- 5La canción de buenas noches4:09
About this story
Una noche tranquila en el bosque, la gentil luna Selu descubre a un pequeño conejito que no logra cerrar los ojos. Con la ayuda de su amiga Liru, la luciérnaga de lucecita dorada, teje un halo de luz plateada y tararea una vieja canción de buenas noches. Un cuento lento y luminoso, lleno de asombro y ternura, pensado para acompañar a los más pequeños hasta el sueño.
Muy arriba, en lo más alto del cielo, vivía una luna llamada Selu. Era redonda, plateada y muy, muy gentil… La clase de luna que parece estar sonriendo aunque no tenga boca.
Cada noche, cuando el sol se iba a dormir detrás de las colinas, Selu abría despacio sus ojos de luz. Y entonces — sin hacer ningún ruido — se asomaba a mirar el mundo dormido allá abajo.
Esta noche el bosque estaba quieto, muy quieto. Los árboles respiraban hojas. Los charcos brillaban como espejitos. Y un vientecito tibio movía las ramas con cuidado, como quien acaricia el pelo de un niño dormido.
Selu paseó su luz plateada por encima de los pinos. Tocó los techos de musgo. Tocó las flores cerradas. Tocó el río, que sonaba como un susurro… shhh… shhh… shhh…
Y mientras miraba, Selu notó algo. Allá, entre los helechos, había una lucecita encendida. Una ventana muy pequeñita, redonda y cálida, brillando en mitad de la noche.
Era la madriguera de un conejito. Por su ventana se colaba un resplandor suave, anaranjado… y eso, a esta hora tan tardía, solo podía significar una cosa.
Alguien, allá abajo, todavía estaba despierto. Selu inclinó un poquito su cara redonda para ver mejor… y aguzó su mirada de plata.
Dentro de la madriguera, sobre una camita de hojas secas y lana, había un conejito muy chiquito. Tenía las orejas largas, la naricita rosa, y unos ojos grandes y redondos… muy abiertos.
Daba vueltas y vueltas. Se acomodaba de un lado… luego del otro… luego se tapaba hasta la nariz… y luego se destapaba otra vez. No había manera. El sueño, esa noche, no quería venir.
Selu lo observó con todo su cariño de luna. Conocía bien esa sensación. A veces la noche es tan grande, y uno tan pequeñito, que cerrar los ojos da un poquito de respeto.
—Pobre conejito… —pensó Selu, sin decirlo en voz alta, porque las lunas hablan por dentro—. No puede dormir. Y una noche sin sueño es una noche muy larga.
Selu sabía que ella, sola, no alcanzaba a entrar en una madriguera tan honda. Su luz plateada llegaba lejos… pero la madriguera estaba escondida bajo la tierra, entre raíces y sombras.
Necesitaba ayuda. Necesitaba una lucecita pequeña, pero valiente. Una luz que pudiera bajar hasta el suelo, colarse entre los helechos… y llegar justo donde hacía falta.
Y Selu sonrió por dentro, porque sabía exactamente a quién llamar. Tenía una amiga así. Una amiga diminuta, dorada… y siempre dispuesta a encender la noche.
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