
Soma y el sueño más dulce
El bondadoso hombre de arena visita a una niña que teme a la oscuridad y le regala un sueño hecho de nubes de algodón y ríos de miel.
- 1Soma camina por los tejados2:35
- 2La niña que temía a la oscuridad2:41
- 3El soplo de Soma2:58
- 4Nubes de algodón y ríos de miel3:03
- 5El sueño más dulce2:58
Sobre este cuento
Cuando cae la noche, Soma camina por los tejados con su bolsa mágica llena de sueños tranquilos. Esta noche se detiene en la ventana de una niña que tiene miedo de la oscuridad. Con un soplo suave y gentil, Soma le enseña que la noche no esconde monstruos, sino estrellas, susurros tibios y la magia más dulce de todas: el sueño. Una historia serena para apagar la luz sin miedo, llena de ternura, asombro y paz.
Cuando la última luz del día se va a dormir detrás de las colinas, el cielo se pone azul, azul, azul… como una manta enorme sobre todo el pueblo. Las farolas parpadean. Las ventanas se apagan una a una, igual que ojitos cansados.
Y entonces, muy despacito, llega Soma. Soma es el bondadoso hombre de arena. Camina por los tejados sin hacer ruido, con pasos blandos como copos de nieve.
Soma lleva un sombrero alto y suave, y un abrigo del color de la noche. Sobre el hombro carga una bolsa redonda… una bolsa mágica, llena hasta el borde de sueños tranquilos.
Si te acercaras mucho — pero muy en silencio — oirías cómo suena su bolsa. Hace shhh… shhh… como la arena fina cuando se desliza entre los dedos. Es el sonido más calmado del mundo.
Cada noche, Soma escoge a quién visitar. Mira por las ventanas con cariño. Busca a los niños que todavía tienen los ojos abiertos… a los que les cuesta dormir.
Esta noche, sus pasos lo llevan hacia una casita pequeña, con el tejado rojo y una chimenea torcida. En la ventana de arriba hay una lucecita que tiembla. Todavía no se ha apagado.
Soma se detiene. Inclina la cabeza y escucha. Desde dentro, muy bajito, llega un suspiro pequeñito… el suspiro de alguien que no quiere quedarse a solas con la oscuridad.
—Ajá… — pensó Soma, sin decir nada en voz alta. — Aquí hay un corazoncito que necesita un sueño dulce esta noche.
La luna asomó entre las nubes, redonda y blanca como un plato de leche. Iluminó el tejado, iluminó la bolsa de Soma… y por un instante, toda la arena de adentro brilló como mil estrellitas guardadas.
Soma respiró hondo. Olía a noche fresca, a hojas y a sueño. Con mucho cuidado se acercó al borde del tejado, justo encima de la ventanita con la lucecita temblorosa.
—Ya voy, pequeña — susurró el viento por él. — Ya voy. No tengas miedo… la noche también sabe ser tierna.
Y así, paso a paso, blando a blando, el bondadoso hombre de arena empezó a bajar… hacia la niña que tenía miedo de la oscuridad.
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