La danza mágica de Liru y Esti
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La danza mágica de Liru y Esti
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Capítulos
  • 1La lucecita que despierta3:15
  • 2El viaje hacia el cielo2:46
  • 3El primer paso de baile3:02
  • 4La danza que pinta sueños3:00
  • 5Buenas noches, lucecitas3:01

Sobre este cuento

Cuando el mundo se queda en silencio y la luna se asoma sobre los árboles, Liru, la pequeña luciérnaga, enciende su lucecita dorada y sube a buscar a su amiga del cielo. Allá arriba la espera Esti, la estrellita brillante, que titila de plata pura. Juntas inventan una danza suave que llena la noche de luz, despierta los sueños de todos los niños y los lleva, despacito, hacia paisajes mágicos de color y alegría. Un cuento para escuchar con los ojos casi cerrados, respirando despacio, hasta quedarse dormido entre estrellas.

Texto sincronizado

Texto del cuento

La lucecita que despierta
La danza mágica de Liru y Esti

Cuando el sol se va a dormir muy despacio, el cielo se pone de un color rosa suave… y luego azul… y luego de un azul tan oscuro que parece de terciopelo. Es entonces, justo entonces, cuando empieza nuestro cuento.

En el bordecito de una hoja, enroscada como una semillita, dormía una luciérnaga muy pequeña. Se llamaba Liru. Tenía las alas finas como pétalos y una lucecita en la barriga que todavía estaba apagada, esperando la noche.

La brisa de la tarde la rozó con cariño. Las hojas susurraron, shhh, shhh, como diciéndole al oído: «Liru… Liru… ya casi es de noche». Y la pequeña luciérnaga abrió un ojito, y luego el otro.

¿Ya se habían dormido los pájaros? Sí. ¿Ya se había guardado el sol detrás de la montaña? Sí. Liru estiró una alita, y luego la otra, y sintió un cosquilleo calentito subir por toda su barriga.

Entonces, poco a poco, su lucecita se encendió. Primero fue un brillo tan tenue como una chispa… después se hizo dorado… y al final brilló como una gotita de miel iluminada por dentro. Liru sonrió. La noche era suya.

Cada noche, Liru hacía lo mismo. Se asomaba al mundo dormido y encendía su farolito para no sentirse sola. Pero esta noche… había algo distinto en el aire. Algo que olía a aventura, a flores cerradas y a rocío fresco.

Liru levantó la cabecita y miró hacia arriba, muy arriba, más allá de las copas de los árboles. Allí, en lo más alto del cielo, una lucecita le devolvía la mirada. No era una estrella cualquiera… esta parpadeaba. Parpadeaba como si quisiera decirle algo.

—dijo el viento, llevándose un susurro de plata desde lo alto— … o eso le pareció a Liru, porque el corazón le dio un saltito de alegría. Aquella estrellita brillaba más fuerte cada vez que ella la miraba.

Se llamaba Esti. Era una estrellita pequeña, de las que casi nadie ve, escondida entre estrellas más grandes. Pero esa noche estaba decidida. Titiló una vez, dos veces, tres veces, como quien dice: «¡Hola! ¡Sí, a ti te hablo! ¿Subes a jugar?».

Liru no sabía cómo se sube hasta el cielo. Pero sentía, muy dentro de su lucecita, que esa noche todo era posible. Batió sus alitas con cuidado… una vez… dos… y se elevó un poquito sobre la hoja, temblando de ilusión.

Abajo quedaba el jardín dormido, el estanque quieto como un espejo, los caracoles guardados en su casita. Y arriba, esperándola con paciencia, titilaba Esti. La danza mágica todavía no había empezado… pero estaba a punto.

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