

Soma, Sila y el sueño que no llegaba
Esta noche la arena de Soma no funciona. Hasta que llega Sila, con las manos vacías, y se sienta a esperar.
- 1El saco de arena tibia2:43
- 2La ventana del último piso2:41
- 3Arena de otro color2:41
- 4Sila no traía nada en las manos2:47
- 5La última estrella2:40
La noche llegó despacio, como llega siempre: primero por los tejados, después por las ventanas. Soma esperó a que la última luz de la calle se pusiera naranja. Entonces abrió su saco de arena. Dentro brillaba un polvo tibio, del color de la miel dormida… y olía un poquito a pan y a lluvia.
Soma caminaba sin hacer ruido… porque los pasos de los que traen sueños no se oyen. Subía por las escaleras de incendios. Cruzaba las cornisas. En cada ventana abierta soplaba una pizca de arena — así, apenas — y dentro de la casa alguien suspiraba y se daba la vuelta hacia la pared.
En el tercer piso dormía un gato naranja encima de una manta doblada. Soma le sopló un poquito también, por costumbre. El gato movió una oreja… y siguió soñando con pescados enormes. Soma sonrió. Su trabajo era pequeño y silencioso, y a él le gustaba así.
El aire de la noche estaba fresco y quieto. Olía a ropa lavada y a tierra mojada de los balcones. Abajo, un coche pasó despacio y sus faros dibujaron dos líneas amarillas en la pared. Luego, otra vez, nada. Soma respiró hondo. Le gustaba ese momento en que la ciudad se queda sin ruido.
Nunca, ni una sola noche, le había fallado la arena. Ni con los niños que tenían miedo del armario. Ni con los que se reían debajo de las sábanas para no dormirse. Un soplo bastaba… y los párpados bajaban despacito, como dos cortinas pequeñas que alguien suelta con cuidado.
Soma miró el reloj de la torre. Faltaba mucho para el amanecer y él iba adelantado. Se sentó un momento en el borde de un tejado, con los pies colgando sobre la plaza vacía, y se puso a contar las ventanas que ya estaban oscuras. Casi todas. Casi.
Casi todas… menos una. En el último piso de la casa amarilla había una luz pequeña, del tamaño de una nuez. Soma la miró un rato largo. Después se levantó, se sacudió la arena de las rodillas y fue caminando hacia allí, sin prisa, por el filo de los tejados.
Storie simili
Fiabe simili
Dolci fiabe della stessa atmosfera — sull'amicizia, l'oscurità e le voci gentili del bosco notturno.



Commenti
Commenti
Accedi per lasciare una recensione
Solo gli utenti registrati possono scrivere commenti — così manteniamo un'atmosfera calda e sicura.